De cómo «ella» pasó a ser «no-él» Luce Irigaray

Cuando hablamos del feminismo de la diferencia hablamos de la diferencia sexual: no queremos ser igual a los hombres, tenemos que mantener la diferencia.

La lengua no debe neutralizar ni abolir la diferencia sexual, sino ponerla de manifiesto, porque neutralizar el género gramatical supone abolir a la diferencia entre las subjetividades sexuales.

Según el feminismo de la diferencia, no se puede conseguir la liberación de la mujer a través de la igualdad, por ello se debe reforzar la idea de conservar la diferencia entre mujeres y hombres.

El feminismo de la diferencia parte del psicoanálisis, ya que trabaja sobre lo simbólico porque es en el orden del lenguaje donde se instaura la ley del padre.

Para Irigaray el estatuto de la diferencia sexual está vinculado a nuestra cultura y nuestro lenguaje, por lo que la regresión de la cultura sexual va acompañada del dominio de una parte de la humanidad sobre la otra.

Por ese motivo, las mujeres viven como asexuadas o neutras en el plano cultural, además de sometidas a las normas del marco sexual. Así pues, la cultura está empobrecida porque solo está representando un sexo en ella.

Según Irigaray y en la línea de Cixous, el devenir patriarcal se manifiesta en el lenguaje, es decir, el femenino en nuestras lenguas se ha convertido en un no-masculino entendida como una realidad abstracta sin existencia. Además, el léxico que concierne a lo femenino es poco valorado, injurioso y se define en función de lo masculino. En conclusión, el orden lingüístico patriarcal excluye y niega a las mujeres, por lo que hablar con sentido y coherencia siendo mujer es incompatible.

Irigaray defiende la relación entre madre-hija y entre mujer-mujer y argumenta que las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas. Lo hace explicando el mito de Electra, la cual mata a su madre para vengar a su padre.

Ella critica el poder del hombre (la ley del padre) sobre la mujer (el deseo de la madre), la cual vive silenciada en el ámbito privado; y propone reforzar las identidades sexuadas a través de la genealogía y la perpetuación de la especie.

Irigaray reivindica una cultura del sujeto sexuado, en la que el cuerpo no sea objeto del discurso de los hombres. Es por eso que la maternidad está muy arraigada en el feminismo de la diferencia.

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